martes, 19 de febrero de 2008

Caída libre


De jovencita, hubo una época en que me dió por decir que no me iba a morir sin haberme tirado de un avión. Decía que yo tenía que experimentar esa sensación que deben sentir sólo aquellos que hacen paracaidismo. Esos que saltan desde unos 4.000 metros de altura y realizan piruetas hasta abrir sus paracaídas, cuando se aproximan a unos 1.500 metros del suelo. ¡Cuánta adrenalina!

En esa época, cuando no se tiene todavía consciencia real del peligro, lo tenía clarísimo (¡ja!). No sé ni cuando ni porqué me entró la idea en la cabeza, pero cada vez que veía algún reportaje o alguna película, en las que mostraban imágenes de gente saltando, me quedaba fascinada (sí, me gustó "Le llaman Bodhi", qué se va a hacer).

Con los años, esa idealización por la caída libre fue perdiendo fuerza, poquito a poco, hasta el mismo instante en que monté, por primera vez, en un avión (con mi hermana que no sube a un ascensor). Fue en ese momento concreto, cuando el aparato empieza a luchar en contra de la gravedad, cuando supe que esa sensación anhelada en mi juventud, se había desvanecido por completo. Creí que me daba algo. ¡Qué subidón!

Cuando la euforia disminuyó y empecé a tranquilizarme, pensé en el valor de todos los paracaidistas y, a la vez, en que no creía que fuera a subir más a un cacharro como ese (también entendí porqué Juan Pablo II besaba al suelo cada vez que llegaba a su destino). Así supe que ese sueño adolescente, se iba a quedar en eso: un sueño.

(Desde entonces, sí he vuelto a montar: el viaje de vuelta, otro de ida y otro de vuelta ...ejem...ejem...).