
Aparqué el coche cerca del paseo marítimo de Barcelona. Tuve suerte, esa tarde di con el sitio a los cinco minutos, pero tuvo que ser en "zona azul". Sólo faltaban tres cuartos de hora para que fuera gratuito así que el sablazo fue soportable.
Busqué la máquina para pagar, eché un euro con sesenta, puse el tique en el salpicadero y cerré el coche.
A la hora y media volvía de dar un paseo cuando vi que el pestillo estaba levantado y estaba segura de haberlo cerrado. Miré por la ventanilla y vi uno de los respaldos de los asientos traseros bajado y una de mis bolsas en el asiento de al lado rota y con los papeles de su interior desparramados.
-Me han robado la maleta- dije. Abrí el capó y así fue. Mi maleta no estaba, se la habían llevado.
Después de unos minutos de rabia e impotencia había que reaccionar. Llamé a "los mossos".
-Tiene usted que acercarse a la comisaría para poner la denuncia. Venga con el coche para poder cerciorar los hechos.- Me dijo "una mossa" muy amable.
Una vez en la comisaría, me tomaron los datos y me señalaron una sala donde esperar hasta que me llamaran para tomarme declaración de lo ocurrido.
Delante de mí, sólo una pareja pamplonica a la que le habían hurtado la cartera. Dos horas de espera inexplicables dieron para mucha conversación y para aumentar la mala leche.
Después de una queja verbal por semejante tiempo perdido, llamaron a los navarros. Mi turno se aproximaba cuando apareció en escena una mujer de unos treinta y cinco años embarazada, nerviosa y acompañada de su hijo que no debía de pasar de los diez.
- Quiero denunciar a mi marido.- Fueron sus primeras palabras. Se me pusieron los ojos como platos.
El niño se sentó en la butaca que había a mi derecha y la madre enfrente. Al minuto irrumpió en la sala un hombre como un gorila de grande, rapado, moreno de piel, con una camiseta de tirantes que dejaba ver un gran número de tatuajes. - ¡Mi marido, es mi marido!- dijo ella .
El ambiente se volvió tenso, la mujer se levantó del asiento, el niño se puso a llorar y, en décimas de segundo aparecieron cuatro agentes que rodearon al individuo que manifestó - Yo también quiero denunciar a mi mujer.-. La escena me resultó tan incómoda que me pareció ficción. Acaricié el brazo del niño, mientras le dije en voz baja - Tranquilo.- Me miró e imaginé cuántas veces habría presenciado números como aquél. Sentí pena e impotencia.
- No voy a poner la denuncia.- Concluyó la madre. Los policías insistieron en que se sentasen pero la mujer dijo no tener miedo y salió por la puerta con su niño y su "gorila".
Al rato me llamaron. Tomé asiento en un despacho donde, durante media hora, relaté los datos del robo, los daños del vehículo y la lista de objetos substraídos.
Salí de la comisaría. Me dispuse a coger mi coche y vi, de refilón, a la madre embarazada, a su hijo de unos diez años y al "gorila", todavía en la acera, supuestamente, hablando. Aún sin maleta y con la puerta forzada, me sentí afortunada. Mi robo sólo era material, el del niño, vital.